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miércoles, 28 de mayo de 2014

El grito del Fénix

El ave quimera se resbala y otra vez la amnesia la devora ardiendo de incertidumbre. Aprendió a morir y se queda en el vientre del vacío para recuperarse y nacer. Así es la condena para él, por siempre. Descubrir un planeta no le hace un explorador. Los seres le tienen mucho en común, porque las existencias se comparten en ciclos y en acciones de existir; el vuela para alcanzar lo que al parecer será otra vez nacer. Es un espiral de plumas eléctricas y circuitos que se le ven desde lejos al empatarse con cada nuevo mundo donde cae. Esta vez el ser que la hirió y le piensa dar muerte por hambre es uno solo que al quedarse dormido conjuga atractivos, sueños y anzuelos para procrear una red tan fina de hoja de espada dentro de sus ojos, al soñar su presa, esta se acerca encantada al planeta del solitario que al despertar abre los ojos liberando la red que sale disparada para capturar la presa, encerrar y cercenar a la víctima simultáneamente, y así cumplir su objetivo eficientemente; la risa y la vanidad del cazador. Cuando la atrape, solo tomará un trozo de esa ave eterna para alimentarse y después las ganas de quemar el resto de su presa, le arderán en la sangre y en la barbarie. El asesino ansioso, no sabe que realizando su plan, la presa volverá a la vida y continuará su viaje despreciando cualquier arte salvaje, que alguna vez lo atrajo hacia él. Porque no todo puede seguir vivo en el infinito ofendido de tantos asesinatos que se le ha otorgado al pájaro a cambio de la muerte de sus recuerdos, he ahí su fortaleza, cada vez que vuelve a levantarse de los infiernos. Es una noche blanca y sin aire, el habitante sueña que ve venir al ave como sintiendo conocerse a sí mismo y tiembla dormido por alcanzar su vuelo. Al despertar la red ya estaba formada dentro de sus ojos grandes y rectos listos para disparar el arma única del planeta que por tener tanta influencia en la supervivencia de la criatura se convierte en la herramienta más cercana a tener fe sobre algo; el ser es extremadamente hermoso y bélico. Arriba en el espacio volando lento para sí pero veloz para cualquiera, observa una esfera envuelta de un humo blanco donde dos luces brillantes y turquesas palpitan como si fueran un sonido, no hace falta decir que lo que escucha antes de conocer algo es la nada. No lo soporta, tiene que conocer y decide caer en picada planeando de oscuridad para saborear las luces que le dan el ritmo de la voluntad exploratoria. Ya están conectados, ave y asesino se disfrutarán para seguir existiendo pero algo pasa con el verdugo, sabe que este momento es especial y no va a conocer presa igual en muchas ocasiones que sueñe con los ojos de fatalidad abiertos, cierra los ojos y decide inventar una lengua para dirigirse al ave que despliega sus alas en contra del viento para aterrizar con sus garras absolutas de universos y esferas. Con los ojos cerrados el cazador le escucha el aletear y de cierta forma le teme, por primera vez teme y esto le produce un miedo a sí mismo que le hace conocer una cosa que decide llamar "seguro" porque así no abrirá los ojos y el arma no se disparará. El ave, erudito en curiosidad, se le posa y analiza el nuevo encuentro, le encanta pero no encuentra las luces que le atrajeron y decide comenzar a leer lo que el cazador contiene. Sé que me visitas sin ningún motivo pero me provocas novedades y deseo conocerte un poco más antes de mirarte, le dice el cazador con dulzura de telepatía que el ave se acerca siendo cauto como lo son los seres salvajes del cosmos y le propone palparle creyendo que quien busca su muerte es completamente ciego. Las manos del victimario no han palpado más que la muerte, esta es la primera vez que toca el calor de la vida y no le importa quemarse de la electricidad que produce este nuevo trofeo. El ave se enamora, se le acerca más y le da la instrucción de que le agrada y desea compartir sus vidas con quien habría de matarlo en unos instantes. Ahora el miedo es calor y se siente como las plumas le dejan marcas que brillan azules hiriendo el descubrir y el ansiar al mismo tiempo. El cazador también se enamora y olvida quién es, le encanta ser un extraño, jamás ha vivido esto. Envuelto de llagas estelares abre los ojos para conocer a la criatura que lo tiene asombrado y en es momento se dispara la red mutilando al ave en cubos que caen de colores en el piso de la gran noche blanca. Con la muerte del ave las heridas se hacen rojas y negras y empieza a existir algo que se llamaría dolor y por primera vez ve que hay algo más que sale de sus ojos implacables, piensa que el arma se desgastó con semejante contención del ataque y le hace sentir lo que nunca pudo explicar a nadie por la soledad de su ser en el gran desierto, ha descubierto el agua. Toma un pedazo del ave, lo despluma y cocina sintiéndose cada vez más perverso y la risa no le satisface la vanidad del todo, en definitiva esta será para siempre su primera vez. Recoge las partes inertes del ave y soñando crea un fuego inmenso para quemar los cubos de colores y que las cenizas le alivien el arma. El fallecido tardó meses en desintegrarse del todo y cuando el cazador seguía durmiendo para buscar otra víctima, despertó por el fuerte golpe de un aleteo que no era el mismo que había escuchado aquella noche clara que siempre recuerda. Era el renacer del pájaro que inmediatamente sin importarle nada se eleva violentamente hacía las esferas de luz para conseguir una nueva muerte o quién sabe, sobrevivir. El cazador por instinto abre los ojos para ver como volaba su recién nacida presa y tuvo terror de disparar el arma, que regaba un líquido que sabía a la sangre de las plumas que le tatuó el ser que vino del espacio. El arma no sirvió nunca jamás por primera vez contra el que despega y se aleja después de haber muerto. Todavía caza pero ya no ríe.